Un año más, el clima nos ha vuelto a jugar una  mala pasada. Aunque según se mire: si bien el agua abundante que acompañó la marcha, y que en absoluto invitaba a manifestar nuestra fe navarra por calles y campas, plazas y carreteras, no pudo con el carácter del pueblo navarro, como se pudo comprobar. Ni el agua ni el frío ambiente, ni tan siquiera las inoportunas rachas de viento que impedían el uso de gorras y paraguas, lograron cercenar propósitos, promesas y  deseos de cuantos  navarros se habían desplazado hasta Nuevo Baztán el segundo domingo de marzo.

Porque Nuevo Baztán es el más navarro de los pueblos madrileños. La razón de ser de esta peregrinación a la localidad madrileña tiene motivos históricos. En este lugar, por iniciativa de Juan de Goyeneche –ilustre navarro natural de Arizcun, en el Valle del Baztán- se levantó, en 1763, una iglesia dedicada a San Francisco Javier, hoy todavía en pie, como culminación de una iniciativa que integraba un Palacio, la iglesia y una serie de viviendas y fábricas, distribuidas en torno a diversas plazas que configuran una pueblo de estilo barroco castellano; todo ello, obra del escultor José Benito de Churriguera.

En este rincón tan navarro como la calle de la Estafeta encontraron asiento y trabajo -en la segunda mitad del siglo XVIII- numerosos paisanos, originarios, como el propio don Juan, del Valle de Baztán.

En este escenario se llevan a cabo las Javieradas de los navarros de Madrid, organizadas siempre por la Real Congregación de San Fermín. En concreto, la de este año -que hace la número XLI- se vio truncada, en todos los actos previstos al aire libre, por unas condiciones climáticas que, como se señalaba más arriba, obligaron a reducir los festejos y a celebrar bajo techo aquellos que lo permitían. Así, el Via Crucis se llevó a cabo, a las 12:30 h., en el interior de la iglesia parroquial. A su término, a las 13:00 h., se celebró una Eucaristía que, con el templo abarrotado, fue presidida por el misionero navarro P. Justo Lacunza Balda, Rector emérito del Instituto Pontificio de Estudios árabes e islámicos de Roma.

Y es que las inclemencias del tiempo parecen haberse confabulado en contra de nuestras celebraciones más brillantes. Así ocurrió también en los últimos sanfermines madrileños, de 2017, donde sendas aparatosas tormentas casi dan al traste con el chupìnazo de la Parroquia madrileña de San Fermín, a las 12 del mediodía del seis de julio y con el ágape con el que la Real Congregación obsequia, en los patios del complejo parroquial, a cuantos nos acompañan y participan de nuestros actos y de nuestra alegría.

Confiamos en que San Fermín echará mano de su capotillo este año para preservarnos de los caprichos climáticos y nos regalará unas celebraciones que reluzcan más que el sol, como antaño se decía de los tres mayores jueves del año: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. Aunque este año las fiestas sanfermineras coincidan con el primer fin de semana de julio. ¡Así sea!