2012: Año de centenarios

En 2012 se dieron cita dos efemérides de empaque y alto significado histórico, expresivas del vínculo indisoluble que une a Navarra con el resto de España: el octavo centenario de la batalla de las Navas de Tolosa (1212) y el quinto centenario de la incorporación de nuestro viejo reino a la Corona de Castilla (1512). Ambos acontecimientos, separados en el tiempo por trescientos años, guardan relación entre sí, apreciable desde la perspectiva de la trayectoria de España en la Edad Media, un recorrido singular cuyo punto de arranque fue la invasión musulmana, y su conclusión la restauración de la unidad hispánica en época de los Reyes Católicos. Este hecho final supuso, en efecto, el desenlace afortunado de una historia de ocho siglos de recuperación de España, cuyo gran argumento fue la reconquista del solar hispánico y su devolución a la Cristiandad, una gesta de la que el reino navarro fue protagonista de primera fila, y la victoria de las Navas su contribución más resonante. No en vano las cadenas de su escudo rememoran la acción épica de Sancho VII el Fuerte sobre el palenque del Miramamolín, en el momento culminante de la batalla.

La “pérdida de España” de que hablan los cronistas más tempranos se produjo en el año 711 –otra fecha clave, también de reciente centenario-, cuando cruzó el Estrecho un ejército al mando de Tarik ibn Ziyad, lugarteniente de Musa ibn Nusayr, el conquistador del norte de África en nombre del califa omeya de Damasco. Tras derrotar a don Rodrigo, el último rey visigótico, en Guadalete, en el mes de julio, los musulmanes emprendieron la ocupación del territorio peninsular que completaron, en su casi totalidad, en poco más de seis años. En aquella desventura se dieron cita dos circunstancias adversas: la debilidad interna del reino godo y la capacidad expansiva, enorme entonces, del Islam. No obstante, en las cordilleras del norte se constituyen núcleos de resistencia cristiana, primero el reino de Asturias, hacia el año 722, y, un siglo después, el reino de Pamplona, que más adelante, entrado el siglo XII, adoptaría la denominación de reino de Navarra. Hacia oriente, otros principados nacientes: los condados de Aragón, Sobrarbe, Ribagorza y de la Cataluña Vieja. Esas formaciones cristianas, no obstante sus limitados recursos, resistieron los contraataques del Califato: durante dos siglos y medio, las aceifas devastadoras procedentes de Córdoba o Toledo, y, hacia el año mil, la tremenda arremetida de Almanzor. A la vez que se defendían, progresaban lentamente hacia el mediodía –el “lento avanzar de gasterópodo” de que habló Sánchez-Albornoz- y, paulatinamente, fueron tomando conciencia de una misión compartida, la recuperación del mismo solar patrio. Rodrigo Jiménez de Rada, el Toledano, así conocido porque fue arzobispo de Toledo, dio forma y solida entidad, en su crónica De rebus Hispaniae (Crónica Gótica o Crónica del Toledano), a las intuiciones de cronistas anteriores sobre la idea de España y sobre el designio de restaurarla. En la pluma de ese navarro insigne, natural de Puente la Reina, “España aparece como un todo en el tiempo”, como “un largo proceso seguido, que tiene un mismo comienzo y un desarrollo común”. Por eso José Antonio Maravall, en su inolvidable estudio El concepto de España en la Edad Media (1954), pudo afirmar con razón que “la gran figura del navarro-castellano Jiménez de Rada es uno de los factores de integración de la unidad moderna de España”.

Sancho III el Mayor, el rex ibericus de que habló el gran abad Oliba de Ripoll, impulsó la restauración de los reinos cristianos una vez concluida la etapa desdichada de Almanzor, cuando el Califato declina y se extingue. Su hijo Fernando I, entronizado en Castilla y León, encabezó la dinastía pamplonesa de ese reino (1037-1126), que presidió “una de las fases de mayor esplendor del sentimiento hispánico en nuestra Edad Media”. Alfonso VI, nieto del gran rey navarro, adoptó el título de Imperator totius Hispaniae, “emperador de toda España”, de raíz a la vez leonesa y navarra. Fue el reconquistador de la extensa taifa de Toledo (1085). Sobrevienen luego las ofensivas terribles de almorávides y almohades, inspiradas en principios religiosos de signo fundamentalista. Toledo resiste, pero Alfonso VI fue derrotado en Sagrajas (1086) y en Uclés (1109). A lo largo del siglo XII se produjeron las batallas más sangrientas de toda la Reconquista, en las tierras del valle del Tajo. Alfonso VIII sufrió, a su vez, una tremenda rota en Alarcos (1195), cuando el imperio almohade se hallaba en el cénit de su expansión. La gran victoria de las Navas de Tolosa, en 1212, fue su desquite y señaló el ocaso de los norteafricanos. La participación de Navarra resultó relevante: Rodrigo Jiménez de Rada fue el impulsor de la colaboración de príncipes españoles y de ultrapuertos en una Cruzada común, y los caballeros navarros desempeñaron un gran papel en momentos decisivos de aquella difícil batalla. A su frente brilló Sancho el Fuerte, cuya madre, Sancha, era castellana, hija de Alfonso VII el Emperador. Las Navas posibilitó a los cristianos la reconquista de Andalucía. Sobre ello volveremos en ocasión venidera.

El reino de Navarra estuvo gobernado durante la Baja Edad Media, a partir de Sancho VII, que no tuvo descendencia, por dinastías de cuna francesa, con fuertes intereses territoriales y vasalláticos al otro lado de los Pirineos. Ello determinó que, a la larga, se desvirtuase la “tendencia natural que empujaba a los navarros a unirse de preferencia a España”, en palabras del gran historiador francés Boissonade. Se trata de una historia compleja, muy interesante. Los últimos de esos reyes, Catalina de Foix y Juan de Albret, desarrollaron una política incongruente, que les llevó a declarar finalmente la guerra a Fernando el Católico (Tratado de Blois, de julio de 1512), siendo así que habían solicitado y obtenido su ayuda reiterada para mantener el orden interno del reino, desgarrado por las luchas entre beamonteses y agramonteses. La intervención militar del rey Fernando, y la subsiguiente conquista de Navarra, fueron un recurso último, exigencia de un casus belli inequívoco, y se apoyaron en una base jurídica de solidez incuestionable (bula papal Pastor ille celestis de 21 de julio de 1512). Al año siguiente, ante las Cortes de Pamplona, se dieron los primeros pasos para la incorporación formal del reino de Navarra a la corona de Castilla, que culminó en las Cortes de Valladolid y de Burgos, en 1515, jurando Fernando el Católico que serían guardados sus “fueros, leyes y privilegios… sin que aquellos sean interpretados sino en utilidad y provecho del reino”. Unión aeque principaliter, acorde con el espíritu que había presidido el proceso de la integración de reinos en la España medieval, culminante entonces. Sobre ello volveremos, también sobre el modo sectario con que el nacionalismo vasco interpreta esos episodios de nuestra mejor historia.

ANDRÉS GAMBRA