1512: La incorporación del Reino de Navarra a la Corona de Castilla

2012 fue año de efemérides memorables en Navarra: la gran victoria de las Navas de Tolosa (1212) y la conquista del viejo reino por las tropas de Fernando el Católico (1512), empresa ésta que precedió a su incorporación definitiva aeque principaliter –en pie de  igualdad y en la persona del príncipe- a la Corona de Castilla, que se operó tres años después (Cortes de Burgos de 1515, en las que Fernando se comprometió a guardar los fueros y costumbres del reino).

Tapiz del despacho de la presidencia del Gobierno Foral de Navarra, diseñado por Ramón Stolz en 1951 y ejecutado por Vicente Pascual, de la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, en 1952. En esta imagen, cedida por el Gobierno de Navarra, aparece destacada la figura de Sancho VII el Fuerte, con unas mazas rompiendo las cadenas del palenque del caudillo almohade Miramamolín.

El evento de la conquista ha sido a lo largo de este año el tema de remembranzas y debates que se han caracterizado, como corresponde al tiempo presente de España, de “intemperie histórica” según diría Sánchez-Albornoz, por ser agudamente discrepantes, vinculados a concepciones radicalmente opuestas de la historia de Navarra. De forma esquemática, son dos los planteamientos antagónicos: el de quienes, con matices varios, reconocen en la integración de Navarra hace quinientos años el momento decisivo de un proceso de signo benéfico, que se consolidó pronto porque suponía la restauración de la unidad originaria de España, de la que el gran cronista navarro D. Rodrigo Ximénez de Rada había sido uno de los primeros heraldos; y la que promocionan los portavoces intelectuales del nacionalismo vasco, empeñados tesoneramente en el fomento de un discurso justificativo de la anexión de Navarra al ente euzkadiano y, por ello, detractores furibundos de los sucesos de 1512.

La ofensiva del nacionalismo vasco sobre Navarra no es de ahora: tiene un siglo largo de historia. Sus primeras manifestaciones se localizan entre determinados miembros, no todos, de la Asociación euskara de Navarra, que se constituyó tras la Segunda Guerra Carlista, en el marco del fuerismo entonces emergente, en sí legítimo y acorde con la historia jurídica de Navarra pero a cuyo amparo se promocionaron tendencias vasco-navarristas de talante radical o desmesurado que, pretendiéndose superadoras del liberalismo y del carlismo, conectaron pronto con las miras del nacionalismo de Sabino Arana. Los seguidores en Navarra de tales orientaciones, que mitificaban la singularidad excluyente de la Nabarra con b y postulaban una patria única -Navarra sin España-, idearon el guión, apologético y de textura mítica, de una pretendida resistencia numantina frente al rey Católico.

Un episodio ilustrativo de las inquietudes sobre la identidad de Navarra, que se desarrolló en el contexto de la reactivación de las tendencias nacionalistas subsiguiente al término Guerra Europea, fue el debate historiográfico que protagonizaron Arturo Campión (1834-1937) y Victor Pradera (1873-1936). Sus biografías ofrecen elementos comunes –ambos nacieron en Pamplona y residieron una parte importante de sus vidas en San Sebastián, uno y otro fueron licenciados en derecho (Pradera fue también ingeniero de caminos), los dos sintieron temprana vocación por la historia navarra- que contrastan con el carácter inconciliable de sus respectivos planteamientos de fondo. Campión representaba la continuidad del fundamentalismo vasquista de la extinta Asociación Euskara de Navarra, en plena sintonía por entonces con el nacionalismo del PNV; Pradera, en cambio, tradicionalista y defensor acérrimo del derecho y libertades de Navarra, estuvo firmemente empeñado en la tarea de desvincular el foralismo y el patriotismo navarros de la contaminación separatista.

El choque entre ambos personajes tuvo como eje simbólico la edificación, en torno a 1920, de un monumento conmemorativo del último bastión de resistencia favorable a los Albret, en la localidad baztanesa de Amayur. Pradera impugnó aquel proyecto, porque apreciaba en él una orientación anti-españolista, y en su libro Fernando el Católico y los falsarios de la historia (Madrid, Rivadeneira, 1922) desmontó la argumentación destinada a desacreditar al rey Fernando que Campión había desplegado en distintos trabajos suyos, singularmente en el titulado Nabarra en su vida histórica (1ª ed. 1914). Campión proponía, como testimonio documental irrefutable del carácter desleal y artero que los nacionalistas atribuyen a la intervención del rey Fernando en Navarra, el dato de que las bulas pontificias, poco estudiadas hasta entonces, condenatorias de los Albret y justificativas de la intervención militar castellana, eran en realidad posteriores a la entrada en territorio navarro del ejército de don Fernando, el “rey falsario”, y fruto de un acto suyo de presión sobre el Pontífice o de una sofisticada manipulación documental. Ha de tenerse en cuenta que, en la perspectiva de Campión, la convergencia multisecular de los reinos de España en su lucha contra el islam, y el clima de armonía que se desarrolló entre ellos, habían sido netamente perjudiciales para Navarra y para la etnia vasca que se había condensado en el pueblo navarro, porque perjudicaban el aislamiento que su natural desarrollo requería.

Escudo de Fernando el Católico post 1512.

Pradera echó por tierra el argumento estrella de Campión, al demostrar, en un alarde de erudición, que las referidas bulas eran auténticas y se hallaban correctamente datadas en fechas previas al inicio de la conquista. Lo que sucedía es que su data respondía al cómputo denominado florentino, utilizado entonces por la cancillería pontificia, que conllevaba un retraso aparente de meses respecto de la formula común utilizada en la Península. Pradera además, en las páginas de su libro, puso de manifiesto que Fernando el Católico había actuado, desde que tuvo que implicarse en los asuntos del vecino reino de Navarra, con mucha prudencia, erigiéndose reiteradamente en el valedor de los Albret, sujetos a las presiones incesantes de sus señores naturales, los reyes de Francia, y también a las derivadas, en el ámbito interno del reino, por la confrontación agotadora que mantenían las banderías de agramonteses y beamonteses. Al final, a Fernando el Católico no le quedó otro remedio que la intervención, cuando se evidenció que Catalina de Foix y su esposo Juan de Albret habían suscrito un acuerdo de paz secreto, el tratado de Blois, comprometiéndose a prestar apoyo al rey francés en la guerra que éste mantenía frente a la Liga Santa, de la que formaban parte el Papa y el rey español. La situación geográfica del reino de Navarra, con su amplia proyección al sur de los Pirineos, suponía una grave amenaza para Castilla y Aragón. Amenaza nada trivial, siendo así que los monarcas franceses contaban a la sazón con un ejército poderoso, capaz de invadir Italia, como recientemente había sucedido. Se produjeron actos puntuales de resistencia al ejército castellano, que hoy los nacionalistas vascos, en un alarde de manipulación de la historia tan anacrónico como oportunista, fingen asumir como cosa propia.

Cabe señalar a título de curiosidad, casi inverosímil, que la célula troyana del nacionalismo vasco en el valle de Roncal ha pretendido, en esta verano de 2012, sacar a sus gentes a la calle, ataviadas a usanza tradicional, en un acto de solidaridad ¡con don Juan III de Albret!

Eso sí, ni una palabra del hecho de que las tropas guipuzcoanas que intervinieron en la conquista, orgullosas de su protagonismo, fueron premiadas por el rey de Castilla con la incorporación de doce cañones en su escudo.

De Pradera se ha dicho recientemente (Juan María Sánchez-Prieto) que fue “el principal motor ideológico de un navarrismo antinacionalista vasco”, lo que no es pequeño mérito, muestra de lucidez profética desde la perspectiva actual. Calibró bien lo que estaba en juego, al contrario que otros navarros bienintencionados de su tiempo, que, ingenuamente, creyeron que cabía entenderse con vizcaitarras y euzkadianos. Su perseverante defensa de Navarra en España, en esa y otras ocasiones, fue motivo probable de su asesinato en 1936, fusilado en San Sebastián, junto con su hijo Javier, el día 6 de septiembre.

ANDRÉS GAMBRA