San Virila y la Eterna Bienaventuranza

Mi buen amigo y pariente Sebastián Contín Pellicer ha pronunciado en Zaragoza una conferencia sobre San Virila, monje de quien se sabe que fue abad del monasterio de Leyre en la primera mitad del siglo X y el protagonista de una luminosa leyenda que alcanzó extraordinaria difusión en la Edad Media. Contín es natural de Sigüés, localidad aragonesa que se sitúa allí donde el río Ezca, tras recorrer el valle de Roncal, desemboca en el rio Aragón. Médico otorrino de profesión, siente pasión por la historia, mixtura de vocaciones que tiene tradición en España (Gregorio Marañón, Pedro Laín Entralgo). Entre sus publicaciones figura una Historia de Tiermas, pueblo situado en la base de la serranía de Leyre, otrora acreditado centro termal, sumergido hoy en las aguas del pantano de Yesa. Un antiguo rumor, imposible de contrastar, asevera que el santo Virila nació precisamente en Tiermas.

Monasterio de San Salvador de Leyre

El eco de esa conferencia me anima a evocar la figura del piadoso Virila, cuya leyenda trae causa de una inquietud que, de un modo u otro, anida en el corazón de los creyentes. El Símbolo de la fe afirma nuestra creencia “en la resurrección de la carne y en la vida eterna”; creemos que, al igual que Cristo fue resucitado por la acción del Espíritu Santo y vive para siempre, los justos después de su muerte vivirán eternamente venturosos con Él. Son verdades fundamentales cuya comprensión sobrepasa la imaginación y el entendimiento humanos. Y sucede que en el corazón del hombre anida, soterrado, un fermento de inquietud pagana que pugna en contra del milagro operado por Cristo. Los griegos entendían que la eternidad, propia de las realidades inmutables e ideales, y el tiempo, al que se adscribe el mundo material, son nociones paralelas y sin asimilación posible, de modo que al hombre, criatura terrenal, le está vedada la eternidad luminosa. ¿Quién no ha sentido vértigo al cavilar, desde la presente caducidad, sobre la duración sin fin de la eterna bienaventuranza? ¿Quién no se ha sentido sobrecogido alguna vez al pensar eso de que mil millones de años sólo son un segundo para la eternidad?

En tiempos del primer Rey de Navarra, Eneko Arista, el Abad de Leyre, San Virila, duerme un sueño milagroso de 300 años, oyendo cantar a un pajarillo.

Precisamente, el bellísimo relato de San Virila sale al paso de esas tentaciones contrarias a la esperanza. Es probable que se trate de algo más que un apólogo moral al que tan aficionados fueron los autores medievales. Consta al menos que el monje Virila sí existió y que fue efectivamente abad de Leyre, en un tiempo en el que escasean los documentos. El cenobio de Leyre fue monasterio y panteón real en la alta época del reino de Pamplona. El nombre de Virila figura entre los confirmantes de un diploma judicial del obispo de Pamplona, fechado en el año 925. Es significativo también que el reconocimiento de sus virtudes comenzase tempranamente: a principios del siglo XI un diploma de Sancho III el Mayor alude a él como santo (Sancti Virile abbatis et confesoris) y, en adelante, abundan las referencias al culto que se le tributa como santo patrono del monasterio. Cierto es, no obstante, que el relato de su milagroso arrobamiento sólo se documenta más tarde.

Un historiador de Leyre describe así las inquietudes que atribulaban al monje Virila “Don Virila. Un alma sencilla, sin complicaciones. Solamente una duda atormentaba su espíritu. Él no podía comprender el misterio de la eternidad. Ese camino interminable de días y años y siglos sin fin. Y ese coro de bienaventurados cantando: Santo, Santo… con un martilleo obsesionante de miradas de siglos. No era posible que los santos estuviesen toda la eternidad en un paraíso alabando a Dios sin aburrirse”. Esa desazón, cuenta la leyenda, había arraigado en él al meditar el salmo 90: “Pues mil años a tus ojos son un ayer que pasó, una vigilia en la noche”. Una mañana, después de maitines, el buen monje salió a meditar. Era primavera y el bosque se ofrecía frondoso, cuajado de susurros. De pronto Virila oye el canto melodioso de un ruiseñor que le embelesa. Sigue al parajillo hacia el interior del bosque, se adentra en la espesura hasta donde mana una fuentecilla de aguas cristalinas. Allí, subyugado por los trinos paradisiacos, quedose el monje sumido en un ensueño místico que se prolongó largo rato. Al recobrarse del éxtasis, emprendió presuroso el camino de regreso, temiendo que la comunidad acusara su falta. Nada en el recorrido le recuerda a las sendas de siempre. Más aún le sorprenden las dimensiones del monasterio, distantes de la fábrica sencilla que él conocía. No reconoce al portero, ni al abad, ni al resto de los monjes, que le miran, estupefactos, como a un extraño. Al fin, después de apresuradas pesquisas en el archivo, se descubre que trescientos años atrás había desaparecido en el bosque un abad llamado Virila. Al pobre monje tres siglos se le habían antojado horas.  Maravillados, entran todos en la iglesia y mientras los monjes entonan el salmo 90, el Señor se aparece al viejo abad: “Mira, hijo, es infinitamente mejor ver a Dios cara a cara, que recrearse con el canto de una avecilla”.

Debe señalarse que la historia del monje angustiado por la eternidad y el pajarillo no es privativa de Leyre, pues se registran versiones de la misma, con variantes, en numerosos enclaves monásticos (Galicia, Portugal, Flandes, Francia, Inglaterra), también en piezas literarias de renombre (las Cantigas de Alfonso X, en redacción mariana). Tomás Moral Contreras, monje de Leyre, especialista en el tema (Mil años en tu presencia. Evocación de San Virila, edit. Monasterio de Leyre, 1991), formula a ese respecto dos observaciones interesantes: 1) su difusión alcanza a casi toda Europa, con la excepción llamativa de Italia; 2) el relato legerense ofrece rasgos que, por su frescura y originalidad, permiten atribuirle la condición de punto de partida del apólogo.

En la visión bíblica y cristiana, al contrario que en el pensamiento griego, el tiempo de las criaturas procede, por creación, de la eternidad divina y es el ámbito que se ofrece al juego de las libertades creadas para permitir al hombre acceder a la eternidad divina. Por ello, del mismo modo que Dios, mediante la encarnación del Hijo, ha entrado en el tiempo por una suprema condescendencia de amor, Cristo resucitará a los hombres en el último día y los bienaventurados, glorificados en cuerpo y alma, serán por siempre semejantes a Dios, a quien verán “tal cual es” (1 Jn 3, 2), cara a cara (1 Co 13,12; Ap 22,4), y disfrutarán “en los cielos nuevos y en la nueva tierra” de la visión beatífica, en la que Dios se les manifiesta de modo inagotable y es para ellos la fuente inextinguible de felicidad, de paz y de comunión mutua. La leyenda de San Virila, a modo de sencilla parábola, viene a reconfortar nuestra fe en la eternidad.

ANDRÉS GAMBRA