San Francisco Javier en una antigua advocación madrileña

Una curiosidad histórica no carente de cierto interés, un tanto arqueológico si se quiere, para los navarros afincados en Madrid, es el hecho de que la Colegiata madrileña de San Isidro, que durante más de un siglo, hasta fechas recientes, ha desempeñado la destacada función de iglesia catedral de la diócesis de Madrid, estuvo es sus orígenes, a lo largo de ciento veinte años, situada bajo la advocación de San Francisco Javier, el santo copatrono de Navarra junto a nuestro San Fermín.

Reproducción de la Catedral de San Justo

Tal circunstancia se explica por el hecho de que ese magnífico templo, uno de los edificios más representativos de la arquitectura religiosa madrileña del siglo XVII, localizado en la calle de Toledo, no lejos de la Plaza Mayor, fue edificado bajo los auspicios de la Compañía de Jesús. Su finalidad original fue, en efecto, la de servir de iglesia o capilla al contiguo Colegio Imperial de la jesuitas, en una época en que la Orden de San Ignacio gozaba de la decidida protección de los monarcas españoles. María de Austria (1528-1608), hija de Carlos V, muy devota de los jesuitas, cedió los terrenos necesarios, y un legado cuantioso en su testamento, con el fin de renovar, proporcionándole un albergue espacioso y monumental, los llamados Estudios de San Isidro, una escuela de enseñanza de grado medio que la Compañía había fundado en 1545, destinada a ser un centro educativo de prestigio para hijos de la nobleza. La institución, entonces renovada, pasó a denominarse Colegio Imperial. Gozó de gran prestigio y dispuso de una magnífica biblioteca, que llegaría a ser la mejor del Madrid de su tiempo. No alcanzó nunca, sin embargo, el rango de universidad, debido a la oposición de las universidades Complutense y de Salamanca.

El nuevo templo, anejo al Colegio, se inspiró en el Gesù de Roma, obra de los grandes arquitectos Vignola y Giacomo della Porta, modelo que fue de las iglesias jesuitas en todo el mundo. Su construcción se inició en 1622, el año de la canonización de San Francisco Javier y de San Isidro Labrador, según un proyecto ideado por Pedro Sánchez, siendo las obras dirigidas por Francisco Bautista y Melchor de Bueras, hasta su terminación en 1664. El templo fue consagrado el 23 de septiembre de 1651, trece años antes de su conclusión, y advocado, según se ha dicho, a San Francisco Javier, en consonancia con su vinculación a la orden ignaciana. En 1723, la institución pasó a denominarse Real Seminario de Nobles, con idénticas funciones pero menor ambición en cuanto al número de sus alumnos.

Urna de los restos de San Isidro

La expulsión de los jesuitas en 1767 trajo consigo el cierre de los Reales Estudios y, en seguida, la extinción en su templo de la primitiva advocación. En efecto, dos años después, en 1769, se trasladaban a él, desde la no lejana Capilla del Obispo de la Iglesia de San Andrés, los restos de San Isidro, a los que no tardarían en unirse los de su esposa, Santa María de la Cabeza. La iglesia adquirió entonces la dignidad de Colegiata, es decir, la propia de una iglesia de rango superior, aunque no catedralicia, dotada de cabildo. La advocación de San Francisco Javier fue en ese momento sustituida, en buena lógica, por la del Santo Patrono de Madrid.

El Colegio, con la denominación de Reales Estudios de San Isidro, fue reabierto pronto por Carlos III, en 1770, si bien con el carácter de centro público desligado de la extinta Orden de Jesús. Durante unos años todavía, en el reinado de Fernando VII, entre 1816 y 1834 (con el paréntesis del Trienio), la institución volvió a ser gobernada por los jesuitas. Finalmente, en 1845, pasó a depender de la Universidad Central de Madrid, y sus aulas se convirtieron en sede temporal de distintas escuelas y facultades, así como del Instituto de Segunda Enseñanza “San Isidro”, el primero de Madrid (junto al Cardenal Cisneros), que hoy ocupa la integridad del edificio.

Fachada de la iglesia San Isidro

A la Iglesia de San Isidro, otrora de San Francisco Javier, le cupo más adelante la función de ser la catedral provisional de la diócesis de Madrid, desde que fue fundada en 1885 hasta 1993. El día 15 de junio de ese año, el beato Juan Pablo II consagró la nueva catedral de Santa María la Real de la Almudena.

En esa dilatada historia no faltaron momentos dramáticos, dignos de recordarse en el contexto de la memoria histórica: en 1834 el colegio de los jesuitas fue el escenario de una horrenda matanza de frailes, en la que murieron dieciséis jesuitas a manos de un populacho enloquecido; y en 1936, cuando daba comienzo la Guerra Civil, la Iglesia colegial de San Isidro fue incendiada, con destrucción de valiosas obras de arte, entre ellas el retablo de Ventura Rodríguez y lienzos de Antonio Ricci o Luca Giordano.