Cipriano Barace, un misionero navarro portentoso

En el transcurso de las primeras décadas de este siglo XXI se suceden las efemérides del Quinto Centenario del Descubrimiento, Conquista y Colonización de América, que se inauguró en 1992. Hace menos de dos meses, el 25 de septiembre, se celebraba el descubrimiento de los mares del Sur –del Pacífico- por Vasco Núñez de Balboa. Son muchos, hoy como ayer, los detractores inmisericordes de la obra de España en América. El “Árbol del Odio” (Tree of Hate) de que habló el hispanista norteamericano Philip Wayne Powel, sigue produciendo sus frutos amargos. Nos  ocupamos aquí de un misionero navarro cuya vida asombrosa constituye por sí sola un alegato contundente frente a la Leyenda Negra.

Monumento levantado en Bolivia al mártir navarro

Cipriano Barace nació en Isaba, en el Valle de Roncal, en 1641, en el seno de una familia piadosa, tres de cuyos hijos fueron eclesiásticos. Navarra ha sido así hasta tiempos no tan lejanos: cantera admirable de religiosos. Su primera juventud transcurrió en el pueblo, dedicado a las actividades propias de aquella tierra, el transporte de madera por el Ezka, en almadías, y la ganadería trashumante, desde los pastos estivales del Valle hasta las Bardenas en invierno.  Aprendizajes de juventud de los que sacará partido en sus empresas misioneras. Siente la llamada de Dios y, tras realizar estudios de Filosofía en Valencia, que le costeó uno de sus hermanos, fue nombrado beneficiado de la parroquia de Isaba. Su mirada, sin embargo, apuntaba a horizontes lejanos, inspirado en el ejemplo de San Francisco Javier de quien era ferviente admirador. Francisco Javier gozaba entonces de universal renombre, pero tal vez debe resaltarse que entre Isaba y Javier median menos de 50 kms. Tras alistarse en la Compañía de Jesús, sus superiores le enviaron a la provincia jesuita del Perú. No regresó nunca a su patria, como solía sucederles a los misioneros de entonces. Tras recibir las órdenes sagradas en Lima, fue enviado a la región de Mojos, en el corazón de la hoya amazónica de Bolivia, extensísima región de clima tropical, inexplorada entonces, insalubre y azotada por continuas inundaciones. Dio comienzo entonces su etapa de misionero portentoso. En julio de 1675, partió de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en una canoa, con su superior, el padre Marbán, y otro compañero, siguiendo el río Grande o Guapay, aguas abajo hasta el río Mamoré, que drena de sur a norte los llanos de Moxos. Descubrieron allí un territorio inmenso, habitado por una población dispersa, muy pobre y socialmente caótica porque enzarzada en constates luchas tribales. Barace exploró intensamente aquellos parajes difíciles, siguiendo el curso de los afluentes del río Madeira, tributario del Amazonas. Se familiariza con sus habitantes y planea el modo de ganarles para Cristo. Aprende su lengua, a la vez que el padre Marbán componía la primera gramática de la lengua moja. Tras una primera etapa de tentativas fallidas, el P. Barace contrajo fiebres que le obligan a regresar a Santa Cruz para recuperarse.

Martirio del Padre Barace. Pintura indígena

En esos meses no perdió, sin embargo, el tiempo sino que se familiarizó con al arte de tejer y armar telares, que introdujo luego entre los nativos. Cuando regresó a los llanos, contaba con un sólido plan de actuación. En marzo de 1682, al cabo de ocho años de agotadores esfuerzos, el P. Barace fundó su primer centro misionero, con el nombre de Nuestra Señora de Loreto. Supo ganarse a los habitantes de la zona, que se bautizan, y, al cabo de cinco años, la misión contaba con dos mil habitantes, cifra cuantiosa en aquellos parajes. Pronto se evidenció la dificultad de mantener en un medio tan inhóspito a una población numerosa. Planeó entonces la realización de un ambicioso proyecto de captación de recursos, para cuya realización solicitó la autorización de sus superiores. El episodio principal de aquella empresa, que constituye la más célebre de sus hazañas, consistió en la conducción hasta Loreto de una recua de 200 cabezas de vacuno, que el misionero logró reunir gracias a la ayuda de los hacendados de la lejana comarca de Santa Cruz de la Sierra. Al frente de aquella ganadería, el P. Barace recorrió los 400 kms. que mediaban hasta la misión de Loreto. Lo hizo por vía terrestre, valiéndose de la experiencia de “mayoral y vaquero” que había adquirido en su patria roncalesa. Tardó 54 días en recorrer aquel trayecto en el que tuvo que “desaguar ríos, atravesar pantanos, romper selva, repuntar ganado que quería volverse y luchar con los indios que le abandonaban”. Al final, exhausto y casi solo, llegó a Loreto con 84 cabezas de ganado, que, andando el tiempo, se multiplicaron de tal modo que en la actualidad el departamento de Beni cuenta con una cabaña de dos millones de cabezas procedentes de aquella primera remesa. Se dice que la cañada que trazó con aquel motivo es conocida aún hoy con el nombre de Camino Barace. Tales esfuerzos no agotaron su vocación misionera, inextingible. Cuando la misión jesuita de Loreto se hubo afianzado, el P. Barace se lanzó a nuevas empresas, en dirección al norte allende el río Marmoré, en el sector septentrional del actual departamento de Beni. Fue bien acogido por sus habitantes, a los que tuvo sin embargo que pacificar, actuando como hombre bueno en una población siempre dispersa, de gentes separadas por endémicas enemistades. También allí logró organizar una ciudad a la que llamó Santísima Trinidad, que es en la actualidad capital del departamento de Bení. No solo predicó entre los moxos, también entre las tribus de los tapacuaras, los cirionenos y los guarayanos o moremonos. De los habitantes de aquellas primeras misiones de jesuitas en la Bolivia amazónica, el P. Barace hizo agricultores, ganaderos, tejedores, carpinteros y herreros. Cuentan sus biógrafos que les enseñó a tañer la vihuela, cuyo manejo había aprendido en su juventud; y, asimismo, que compuso para ellos canciones religiosas en lengua moja. Insistía de modo especial, según cuentan sus biógrafos, en el rezo del rosario y en la práctica frecuente de los sacramentos. Gracias a aquel misionero ejemplar, los mojos adquirieron fama de ser los más fervorosos cristianos del oriente boliviano. Otra empresa portentosa de la que fue protagonista, en la que se le dio por desaparecido, fue la recuperación, entre sierras y selvas, de una antigua ruta incaica que acortaba considerablemente el camino entre el Beni y la ciudad de Lima; un recorrido en el que se valió del sistema de almadias para transitar por ríos caudalosos.

Lápida dedicada al P. Barace

Una figura como la suya, con tal brío, vocación y diversidad de aptitudes, es difícil de concebir en nuestro tiempo. El P. Barace encarna la estirpe de hombres que hicieron de la América Hispana la más dilatada provincia de la Cristiandad. Si se obvia su memoria, la obra española en el Nuevo Mundo, mutilada, resulta ininteligible. Cuando contaba con 63 años de edad, se adentró, acompañado de solo cuatro indios, en la tierra de los baures y tapacures, en los confines del remoto Chaco. Le acogieron bien si bien, pero se hallaban enzarzados en las sempiternas luchas tribales; un día de septiembre de 1702, nuestro misionero se tropezó con un grupo de indios armados que le dieron muerte a flechazos y golpes de macana. El P. Barace se halla actualmente en trance de beatificación.