Corría el año 1541 cuando Francisco de Javier –en el siglo, Francisco de Jaso y de Azpilcueta, nacido en 1506–, recién aprobada la fundación de la Compañía de Jesús por el Papa, zarpó desde Lisboa hacia la India en un viaje del que, sin saberlo, no regresaría jamás. Partió como “Nuncio Apostólico para todas las tierras situadas al Este del cabo de Buena Esperanza”. Si primera escala fue Goa, capital portuguesa de la India, y fue tal la intensidad de su entrega que pronto adquirió fama de santo.
En el transcurso de los poco años que transcurrieron hasta su fallecimiento, en 1552, su labor en la colonia lusa fue intensísima, según describe Ricardo Fernández Gracia, con apostolado constante en cárceles, hospitales y entre los leprosos. En 1552 descendió a la costa de la Pesquería y evangelizó durante dos años a los Paravas. Pasó luego, en 1544, al reino de Travancor, donde en un mes bautizó a miles de personas.
Su fama se extendió por todo Oriente, mientras sus cartas a los compañeros jesuitas de Roma corrían por toda Europa, despertando entusiasmos y vocaciones. Desde la India, ya en 1545, se embarcó hacia Malaca y las islas Moro para, finalmente, tomar un pequeño junco rumbo al Japón desconocido. Francisco era consciente –y así lo dejó escrito- de que los japoneses no abrazarían el cristianismo si antes no lo hacían los chinos.
Tras fracasar una embajada portuguesa para facilitarle el acceso al emperador de China, se hizo trasladar a Sancian, a fin de tratar de alcanzar secretamente la playa de Canton. Pero una pulmonía cortó, en 1554, los pasos del intrépido misionero navarro, a los 46 años. Su cuerpo, milagrosamente incorrupto, fue llevado finalmente a Goa donde se sigue venerando.
En 1619 fue beatificado por Gregorio XV y tres años más tarde fue canonizado en una ceremonia sobresaliente en la que también alcanzaron la santidad Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Felipe de Neri e Isidro Labrador, siendo el papa el mismo pontífice que había proclamado su condición de beato, Gregorio XV, y rey de España Felipe IV.
Avanzado ya ese mismo siglo, y como consecuencia del enfrentamiento en Navarra y entre navarros –que era preciso superar– para determinar cuál de sus mayores santos, Francisco de Javier o Fermín, debía ostentar la cualidad de Patrono del Viejo Reyno, se llegó finalmente, en 1656, a un acuerdo salomónico, sancionado por Alejandro VII con un breve pontificio sobre el copatronato en 1657: ambos santos compartirían, ex aequo, el patronazgo de Navarra, siempre con la precedencia de San Fermín como mártir. Y así sigue a día de hoy.




